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17th of January 2018

Moralidad



¡Dios mío, ven en mi auxilio!

¡Dios mío, ven en mi auxilio, Señor date prisa en socorrerme! Sal. 70, 2.

Queridos hermanos, con este versículo del salmo 70 empiezan todas las oraciones del Oficio Divino. ¡Dios mío, ven en mi auxilio, Señor date prisa en socorrerme! ¿No es una apremiante súplica ante la necesidad? ¿No es la realidad del hombre ante su propia existencia? Me pregunto, ¿quién puede gritar con más fuerza este versículo? Respondo: Un alma del Purgatorio. Un alma que no purificó suficiente sus pecados en la tierra, y los purifica dolorosamente en el Purgatorio. Con qué intensidad ha de gritar esta alma este versículo, con qué fuerza lo hará, con qué devoción y dolor por sus pecados. Nadie verá a Dios sino se ha purificado antes de sus inmundicias, es decir, de sus pecados. ¡Oh el juicio de Dios, queridos hermanos, ¡qué santo es! ¡Qué justo y necesario!

¡La confesión¡ La vía que la Sabiduría divina ha ideado para nuestras salvación. El medio que la Sabiduría increada ha puesto a nuestro alcance para salvar nuestra alma. La Sabiduría, que todo lo ha creado de la nada, se desborda en amor al hombre y quiere su eterna salvación, y le da el medio para conseguirla. Ningún pecado no confesado quedará oculto, todo quedará al descubierto cuando el alma, libre del cuerpo, se encuentre frente a frente a Dios. En ese instante comprenderá la Misericordia de Dios, que es infinitamente justa y santa, se le desvelará al alma la realidad de la infinitud de Dios, de su Amor infinito, y el alma tendrá la visión de la realidad del horror del pecado. Realidad que ahora, en carne mortal, conoce por la fe, con la suficiente certeza para despreciarlo y no pecar.

Sigue el salmo: Sean confundidos y avergonzados los que buscan mi vida, puestos en huida y cubiertos de ignominia los que se alegran de mi mal (v.3). “Los que buscan mi vida”, los que quieren perderla, los que me incitan al pecado, los que me engañan no diciéndome la verdad, los mentirosos que diciendo que buscan mi bien, quieren perder mi alma. Sí, queridos hermanos, sean confundidos los que buscan mi alma para perderla. No quiero gritar desde el Purgatorio: ¡Dios mío ven en mi auxilio! Quiero confesar todos mis pecados. No quiero la condenación de mi alma.

Cuiden de su alma, el tiempo pasa, y la Palabra divina permanece eternamente; Dios no se arrepiente de lo que ha dicho: Amarás a Dios sobre todas las cosas, honra a tu padre y a tu madre, no cometerás actos impuros, no mentirás, no matarás… Él es el Todopoderoso, la Sabiduría divina,  que gozándose en Sí misma, nada necesita fuera de Ella misma, pues todo ha sido creado a instancias de su Omnipotencia creadora. Su Palabra es santa, inmutable y saludable. Sus Mandatos permanecen por toda la eternidad, porque son Mandatos de vida eterna; por esta razón son eternos, como la vida que prometen. Pero, queridos hermanos, la pobre y misérrima palabra del hombre, es caduca, vacía y lleva a la muerta del alma, si esta palabra no secunda la Palabra de Dios.

Es justo y necesario que la Misericordia de Dios sea divinamente justa, como el soberbio no puede imaginar, pero sí el sencillo, el pequeño que cumple humildemente y fervientemente la Palabra de Dios. Si la Misericordia no fuese justa no sería misericordia. La Misericordia de Dios es tan santa y justa, como que el padre de la parábola esperó el retorno del hijo. Era el hijo quien debía volver al padre; fue el hijo el que se marchó, y será el hijo el que vuelva. He aquí la verdadera Misericordia de Dios. “Hijo mío tu pecado te ha alejado de Mí. No puedes volver sino te arrepientes y me pides perdón. El pecado ha llevado a la destrucción de tu vida, pero puedes recuperarla si te arrepientes de corazón”. Pero los que mueren en el pecado ya no pueden dar marcha atrás, han despreciado su vida en él, pensado que vivían felices, han tenido toda una vida para arrepentirse. Es justo y santo el juicio de Dios.

Alégrense y regocíjense en ti cuantos te buscan, y los que aman tu auxilio, exclamen; “Glorificado sea Dios” (v.5). Son los pequeños los que no se sienten humillados de recurrir a Ti, ni se sienten capaces de vivir sin tu socorro, Señor. Es la Bienaventuranza de los pobres de espíritu. Son los que no pasan la vida escondiéndose de Dios, ocultando su pecado, justificándolo, como si se pudiera justificar la ofensa a Dios. Son los sencillos, los que son conscientes que sólo ante Dios pueden dejar caer hasta el último velo de su intimidad, sin peligro de escandalizarlo ni sorprenderlo, antes bien con la seguridad de complacerlo; pues lo que quiere nuestro Padre Dios es que desvelemos nuestras miserias, todas, y nos limpiemos en su santo Sacramento, renaciendo verdaderamente a la nueva vida del espíritu, renunciando definitivamente a la vida vieja de pecado.

Tú eres mi amparo y mi libertador, ¡Oh Señor, no tardes! (v.6).

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

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