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17th of July 2018

Moralidad



Introducción al Evangelio de San Lucas

San Lucas ocupa el tercer lugar en la lista de los escritos del Nuevo Testamento. En la gran mayoría de los códices el orden suele ser Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Este orden, en la antigüedad, se tenía por cronológico. Además, su colocación después de Marcos parece lógica, porque, si Marcos reproduce la predicación de Pedro, Lucas recoge la de Pablo. Este motivo —que Lucas escribe la predicación de Pablo— se repite de manera constante en documentos de los cuatro primeros siglos. San Ireneo, por ejemplo, escribe: “Lucas, el compañero de Pablo, escribió en un libro el evangelio que él [Pablo] predicaba”[1]. Idénticos argumentos pueden encontrarse en los escritos de Orígenes, Clemente de Alejandría, Tertuliano, Eusebio, San Jerónimo, etc.

Desde los primeros tiempos la Iglesia ha considerado el Evangelio según San Lucas como libro sagrado; se incluía en los leccionarios litúrgicos y aparece en los elencos más antiguos de los libros canónicos que la Iglesia ha recibido como inspirados por Dios. En la época de los Padres se encuentran homilías y comentarios a San Lucas en Orígenes, San Cirilo de Alejandría, San Juan Crisóstomo, San Ambrosio, San Beda, etc.

1.- Estructura y contenido

Pueden distinguirse claramente tres partes que tienen una extensión más o menos semejante: ministerio de Jesús en Galilea, ministerio en la subida a Jerusalén, ministerio en Jerusalén. Vienen precedidas por el prólogo de la obra y el evangelio de la infancia. Dentro de este esquema, lo más significativo del relato de San Lucas es la segunda parte: el ministerio en la subida a Jerusalén. En los otros evangelios sinópticos este viaje ocupaba dos o tres capítulos y aquí ocupa diez. En ellos San Lucas subraya especialmente que Jesús dirige su llamada salvífica a todos los hombres.

El esquema podría ser éste:

Presentación (1: 1-4.13). Abre el libro un prólogo (1: 1-4), que, con un excelente lenguaje literario, expone la intención de la obra. Le sigue la narración del nacimiento e infancia de Juan Bautista y de Jesús (1:5-2:52), donde se describe quién es Jesús: el Salvador prometido, el Mesías, el Señor. Junto a Jesús Niño está siempre su Madre, instrumento también del plan salvador por su fe inquebrantable. Finalmente, se narra la preparación del ministerio de Jesús (3:1-4:13), que está tejida en torno a tres motivos: la figura del Bautista, las tentaciones de Jesús y su genealogía. En los tres se señala el alcance de la salvación obrada por Cristo.

Primera parte: Ministerio de Jesús en Galilea (4:14-9:50). Relata los inicios del ministerio público de Jesús en Galilea. En la escena de apertura, Jesús en la sinagoga de Nazaret (4: 16-30), se condensa el programa de su misión: la salvación prometida por Dios que se cumple ahora con los milagros de Jesús y con su acción misericordiosa hacia los hombres (4: 38-41; 5: 12-26), con el perdón de los pecados (5: 17-26), etc. El ministerio comprende también la predicación, en cuyo centro están el Sermón del llano (6: 17-49) y las parábolas del Reino (8: 4-18). El evangelista señala con gusto la eficacia y la singularidad de las palabras de Jesús (4: 31-37), que provocan la aglomeración de las gentes en torno a él (4:37.40.42; 5:1.15.19.29; etc.). Para el cumplimiento de ese programa salvador, el Señor elige a unos discípulos (5: 1-11.27-28; 6: 12-16) de entre los cuales constituye el grupo apostólico. A éstos Jesús les forma con una dedicación particular (8:10; 9:21; etc.), les muestra su gloria (9: 28-36) y les envía a predicar (9: 1-6) en un anticipo de lo que será la misión universal de la Iglesia.

Segunda parte: Ministerio en la subida a Jerusalén (9:51-19:27). En la narración de una larga subida a Jerusalén, San Lucas recopila muchas enseñanzas del Señor que no están presentes en los otros evangelios: la parábola del buen samaritano (10: 25-37), las parábolas de la misericordia (15: 1-32), la del fariseo y el publicano (18: 9-14), etc. Aunque no es fácil descubrir la estructura interna de lo que aquí se presenta, hay una homogeneidad de contenidos que refleja los rasgos característicos del tercer evangelio: la oración, la misericordia, la universalidad de la salvación, la alegría de la conversión, el valor contrastante de la riqueza y la pobreza, etc.

Tercera parte: Ministerio en Jerusalén (19:28-24:53). El relato es muy semejante al de los otros evangelios sinópticos: comprende la entrada en Jerusalén y la purificación del Templo (19: 28-48), las controversias de Jesús con las autoridades judías (20: 1-47), el discurso escatológico (21: 5-36) y la extensa narración de la pasión (22:1 – 23.56) y la resurrección (24: 1-53). San Lucas destaca los sentimientos de piedad (19: 41-44) y misericordia (22:51.61) de Jesús, su grandeza de ánimo (23: 26-49; etc.) y su recurso constante a la oración (22:32.39-46). En todos estos rasgos, Jesús se presenta como un modelo de conducta para el cristiano. La narración termina con el mandato del Señor a sus Apóstoles de permanecer en Jerusalén hasta la venida del Espíritu Santo (24: 48-49) y con la Ascensión: los mismos acontecimientos con los que comienza el libro de los Hechos de los Apóstoles.

2.- Composición y marco histórico

 

2.1.- Autor y circunstancias de composición

San Lucas, discípulo y compañero de S. Pablo, es el autor del tercer evangelio[2]. La afirmación es común en los primeros escritores eclesiásticos, junto con otras noticias sobre S. Lucas: era médico, de origen antioqueno, buen conocedor de la lengua griega, que escribió su evangelio en Acaya y Beocia, como nos dice San Jerónimo. De la crítica interna se desprende que San Lucas tenía presentes cristianos de origen pagano, no de Palestina.

La mayor parte de estas afirmaciones tienen su base en la confrontación de los dos textos de San Lucas —el evangelio y los Hechos de los Apóstoles— con otros escritos del Nuevo Testamento. En efecto, en los Hechos de los Apóstoles hay bastantes pasajes narrados en primera persona del plural (Cfr. Hech 16: 10-17; 20: 5-15; 21: 1-18; 27: 1-28,16), que hacen suponer que el narrador es un compañero de Pablo en esas misiones apostólicas. De entre los compañeros del Apóstol de las gentes que se mencionan en sus cartas, las características del tercer evangelio se ajustan a San Lucas, a quien San Pablo llama el médico querido, que no viene de la circuncisión sino de la gentilidad (Cfr. Col 4:14). El evangelio muestra, en efecto, que su autor tiene conocimientos médicos, que no es muy preciso en lo que se refiere a la geografía y las costumbres de Palestina, y que tiene en cambio muy presente la universalidad de la salvación.

Los dos volúmenes de San Lucas van dirigidos al distinguido Teófilo. Parece claro que el destinatario es un cristiano, pues el autor afirma que con su escrito quiere darle razón de “la indudable certeza de las enseñanzas que has recibido” (Lc 1:4). De la lectura de la obra no pueden precisarse muchas más características del destinatario, a no ser las evidentes: un cristiano que procede de la gentilidad, culto y de miras amplias.

Esta parquedad de rasgos de los destinatarios dificulta precisar el lugar de composición. Se han barajado tres sitios: Antioquía de Siria, la región de Acaya y Beocia —donde estaba por ejemplo la floreciente iglesia de Corinto— y Roma. Se piensa en Antioquía porque Lucas, especialmente en el libro de los Hechos, refleja un conocimiento muy detallado de la organización y del vigor evangelizador de aquella iglesia. Se piensa en Roma, porque en esa ciudad acaba el libro de los Hechos y por el talante universal de los escritos de San Lucas. La región de Acaya y Beocia también se acomoda a características semejantes, procedencia de la gentilidad y universalidad, y tiene además a su favor la tradición posterior. Un prólogo al evangelio de finales del siglo II dice que “Lucas nació en Antioquía de Siria. Fue médico de profesión, discípulo de los Apóstoles y, más tarde, compañero de Pablo, hasta que éste sufrió martirio. Sirvió al Señor con completa dedicación. No se casó ni tuvo hijos. Murió a los ochenta y cuatro años en Beocia, lleno del Espíritu Santo”[3].

Para determinar la fecha de composición, algunos autores miran al libro de los Hechos. Este segundo libro de San Lucas acaba describiendo la situación de San Pablo en vísperas de ser libertado de su primera cautividad romana. Como San Pablo fue liberado de esta cautividad el año 63, algunos piensan que el Evangelio de San Lucas debió de escribirse los años 63-65. Otros autores consideran que el silencio de Hechos sobre lo que siguió a la cautividad de San Pablo, no es indicativo para fijar la cronología. Hechos acaba cuando, desde el punto de vista teológico, se han cumplido las palabras del Señor que abren el libro, y el Evangelio ha llegado ya a los confines de la tierra. Por eso se inclinan por una fecha más tardía, entre los años 67-80. Los argumentos para establecer esta segunda fecha son, sobre todo, de carácter interno, pues la obra de San Lucas manifiesta el punto de vista de alguien que ha sido testigo del vigor y expansión del Evangelio. Si San Lucas era un joven cuando siguió a los primeros Apóstoles, hacia los años ochenta tendría la madurez suficiente para escribir una obra equilibrada como la que tenemos entre manos.

2.2.- Características literarias y teológicas

La lectura del tercer evangelio descubre enseguida que su autor es un hombre culto, con gusto por el decoro, y con gran delicadeza de espíritu. Ya San Jerónimo observaba que San Lucas manejaba la lengua griega con más perfección gramatical que los otros evangelistas[4]. Su vocabulario es muy amplio, prefiere los verbos compuestos, que son más precisos en la descripción, evita los modismos vulgares y silencia escenas de cierta crudeza o detalles que pudieran ser molestos para algunas personas. Sin embargo, en el evangelio permanecen todavía muchos semitismos, especialmente cuando se transcriben palabras de Jesús. Esta extraña mezcla entre un buen estilo griego y una presencia periódica de elementos semíticos es una buena muestra del talante del autor y de su obra: es un escritor capaz y concienzudo pero muy fiel a sus fuentes.

Esta fidelidad a las fuentes es uno de los muchos rasgos que el Evangelio de San Lucas tiene en común con los libros de historia. Otros rasgos los encontramos en el prólogo del evangelio. Con él, San Lucas sigue la costumbre de los historiadores griegos y latinos. Emplea el término técnico “narración” para dar a entender ya desde el principio que escribe según un género histórico. Además, rasgos de ese género son las referencias a la historia profana —como por ejemplo los datos cronológicos que da al principio del evangelio (Cfr Lc 1:5; 2:1; 3: 1-2.23), el modo de composición, pues confiesa que quiere escribir de forma ordenada. Todo ello muestra que San Lucas escribe como historiador.

Pero San Lucas escribe la historia no para satisfacer la mera curiosidad de los lectores, sino para enseñar la Historia de la Salvación, contemplada desde la Encarnación de Cristo hasta la difusión del Evangelio entre los gentiles. Narra esta historia en el evangelio y en los Hechos de los Apóstoles, libros que constituyen en realidad una sola obra literaria. Describe las cosas que se han cumplido entre nosotros y la realización de la acción salvífica de Dios en la historia, pues era necesario que así sucediera. San Lucas emplea el verbo salvar treinta veces en el evangelio y en los Hechos de los Apóstoles, viendo la salvación no sólo en la muerte y resurrección sino también en todos los acontecimientos posteriores: ascensión de Cristo a los cielos y evangelización. Desde esta perspectiva de historia salvífica, San Lucas ordena la enseñanza recibida de los que habían sido testigos de los acontecimientos.

Para San Lucas, todo el evangelio está centrado en Jerusalén. Comienza y termina la narración de la infancia de Jesús con dos escenas en el Templo de Jerusalén. En las tentaciones del desierto, presenta un orden distinto del de San Mateo, de manera que las tentaciones terminan en Jerusalén. Ya desde el comienzo de su vida pública Jesús empieza a caminar hacia Jerusalén (Cfr. Lc 9: 51-53), donde culminarán los acontecimientos salvadores. San Lucas no habla de las apariciones de Jesús Resucitado en Galilea, y se centra en las apariciones en Jerusalén. Finalmente, el evangelio se cierra con una escena situada en el mismo lugar en que había comenzado: el Templo de Jerusalén (Lc 24: 52-53).

Jerusalén es el lugar donde se consuma la salvación, pero no sólo porque allí murió el Señor, sino porque allí tuvo lugar su Ascensión. San Lucas relata dos veces este hecho (Cfr Lc 24: 51-53; Hech 1: 6-11.17), y con detalles muy relevantes: en el evangelio, Jesús se despide de los discípulos bendiciéndoles como Sumo Sacerdote, siendo la Ascensión el fin de su vida terrestre. En el libro de los Hechos de los Apóstoles la Ascensión constituye el paso del Señor Resucitado a la gloria, desde donde enviará al Espíritu Santo, dando comienzo a la vida de la Iglesia.

Si San Lucas supo distribuir su materia, respetando, con todo, las fuentes de que disponía, es en cierto grado historiador, pero es ante todo ministro de la palabra, es un evangelista. San Lucas parece haber emprendido una presentación histórica de los acontecimientos de la salvación, un esbozo de historia, la inteligencia de los hechos por sus causas. No sólo refiere una existencia, sino que la interpreta.

Desde luego, no siendo testigo, no puede ofrecer, como San Juan, un «evangelio espiritual»; pero sabiendo, con la comunidad primitiva, que Jesús ha resucitado, proyecta sobre los sorprendentes acontecimientos de la vida de Jesús, la luz del misterio de la pasión y resurrección, así como en el libro de los Hechos mostrará cómo la Iglesia manifiesta el triunfo de la fe a través de las persecuciones.

San Lucas es el evangelista del designio de Dios. Exponiéndonos a una simplificación cierta, podemos decir que el misterio de pascua es su foco, el Espíritu Santo su autor, la comunidad universal de todos los creyentes su término.

3.- Enseñanza

Junto a estos aspectos literarios y teológicos, existen otros rasgos de carácter doctrinal muy presentes en el tercer evangelio. Como en los otros evangelios, lo más importante es la doctrina sobre Jesucristo: significativo de San Lucas es la presentación de Jesús como Profeta, Salvador y Señor. Pero en su obra se acentúan también otros motivos como, por ejemplo, la universalidad de la salvación, o algunos aspectos de la vida cristiana, como pueden ser el espíritu de pobreza, la oración perseverante, la misericordia, la alegría, etc. Finalmente, San Lucas es el evangelista que traza más claramente la figura de Santa María como modelo de correspondencia al don de Dios.

3.1.- Jesús, Profeta, Salvador y Señor

A Jesucristo se le llama Profeta en varios lugares (Cfr Lc 7:16; 9:19; 13:33; 24:19). Por ser Dios y Hombre verdadero, es el Profeta por excelencia: nadie como Él puede hablar en nombre de Dios. Ya en el Antiguo Testamento los profetas eran movidos por el Espíritu de Dios. San Lucas subraya la unión profunda y misteriosa del Espíritu Santo con el ministerio profético de nuestro Señor: así, en el Bautismo de Jesús, que marca el comienzo de su ministerio público, el Espíritu Santo desciende visiblemente sobre Él; después el Espíritu le conduce al desierto, donde es tentado, a Galilea, etc. El mismo Jesús se apropia esa vocación profética cuando en la sinagoga de Nazaret lee el texto de Isaías —“El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres…”— afirmando que se cumple en Él (Cfr. Lc 4: 16-30).

A lo largo del Evangelio de San Lucas está presente la enseñanza de que Jesucristo es el Salvador de los hombres. En el evangelio de la infancia sobresale el cumplimiento en Cristo de las antiguas promesas de salvación, hechas por Dios a los Patriarcas y Profetas del pueblo elegido: el Niño que ha nacido es el Salvador por tantos siglos esperado. Así lo contemplamos en el Benedictus, en el Magnificat, en el anuncio a los pastores, en el Cántico de Simeón, etc. Pero la salvación se manifiesta también en la curación de las enfermedades, en el perdón de los pecados y en la reconciliación.

Jesús es también el Señor. Sólo en San Lucas es designado “Kyrios” (Señor), con arreglo a la terminología cristiana. Título que equivale a “Cristo exaltado”. Ésta era la denominación que se daba a Dios para evitar pronunciar su nombre propio —Yhwh—. Se utilizaba asimismo como tratamiento de respeto hacia una persona. San Lucas es, con mucho, el evangelista que hace más uso de este título en sus escritos: 103 veces en el evangelio, 107 en Hechos de los Apóstoles. Jesús es el Señor en el sentido más profundo desde su nacimiento, y se manifiesta como tal en la resurrección. Por eso a Él le está reservada la gloria que se hará patente de modo especial en su segunda venida. En este sentido, Jesús es también el Señor de la historia.

3.2.- Universalidad de la salvación

Es difícil afirmar que San Lucas omitiera voluntariamente ciertas tradiciones, conocidas sólo por los evangelios de San Marcos o de San Mateo. Es cierto que San Lucas ignora la mayoría de los elementos que tienen un colorido judío muy pronunciado. Veamos algunas omisiones notables. La cuestión tocante al código de la pureza de los alimentos (Mt 15: 1-20 par.), la cananea (Mt 15: 21-28 par.), el retorno de Elias (Mt 17: 10-13 par.), la discusión sobre el repudio legal (Mt 19: 3-9 par.), el anuncio de los falsos mesías (Mt 24: 23-25 par.), las palabras arameas de Jesús o las expresiones arameas de la tradición (Mc 5:41; 7:34; 11:10; 9:5; 14:45; 10:51; 14:36; 15:22.34), las oposiciones entre la ley antigua y la ley nueva (Mt 5) y entre la justicia farisea y la justicia cristiana (Mt 6); finalmente, el aviso de no ir a donde los paganos (Mt 10:5). Por el contrario, San Lucas se complace es explicitar el universalismo contenido en ciertas tradiciones.

A lo largo de sus dos libros San Lucas muestra que los bienes anunciados por los profetas tienen su cumplimiento en Cristo y en su Iglesia donde Él pervive, y alcanzan no sólo a los judíos sino a todos los pueblos del mundo. La universalidad de la salvación realizada por Jesucristo está ampliamente contemplada por San Lucas en los Hechos de los Apóstoles. Pero ya en el evangelio la encontramos incoada, y explícita, en muchos lugares. Así, en el Cántico de Simeón, se proclama que la salvación se ha preparado “ante la faz de todos los pueblos” y que Jesús es “luz para iluminar a los gentiles” (Lc 2: 29-32); San Lucas aplica también a la misión de Juan el Bautista el texto de Isaías 40:5: “Y todo hombre verá la salvación de Dios” (Lc 3:5). Jesús, en la sinagoga de Nazaret, anuncia la futura predicación a los no judíos; y más tarde explica a sus discípulos que estaba profetizado que Él debía padecer y resucitar, y que se iba a proclamar en su nombre la conversión y el perdón de los pecados a todas las gentes.

Las mujeres, tan despreciadas en el judaísmo oficial, ocupan en San Lucas un puesto de preferencia. María, Isabel, Ana, la viuda de Naím (7: 11-17), la pecadora, cuyo nombre queda delicadamente ignorado (7: 36-50; cf. Mt 26, 6-13 par.), las piadosas mujeres (8: 1-3) que le siguen hasta la cruz (23:49.55; 24:10s), Marta y María (10:38-42), la mujer que bendice a la madre de Jesús (11:27s), la mujer encorvada (13: 11-17), las mujeres de Jerusalén (23: 27-31). Finalmente, las mujeres presentadas por Jesús en las parábolas (15: 8-10; 18: 1-8).

Los extranjeros son objeto de la solicitud de Jesús; no hay que hacer que baje sobre ellos fuego del cielo (9:54s); incluso son presentados como ejemplo (7:9; 10: 25-37; 17: 11-19).

Los pecadores hallan en Jesús un «amigo» (7:34 = Mt 11,19) que no se recata de tratar con ellos (5:27.30); este hecho histórico referido por la tradición común, San Lucas lo pone de relieve. El episodio de Zaqueo lo ilustra (19:7). Además, Jesús afirma que los pecadores son los privilegiados de Dios por razón de su arrepentimiento (15: 1-32) y en virtud de la longanimidad divina (parábola de la higuera seca, 13: 6-9, cf. Mt 21: 18-22 par.). Jesús perdona no sólo al paralítico (5:20), sino también a la pecadora (7: 36-50), a los responsables de su muerte (23:34). Pedro llora cuando se fija en él la mirada de Jesús (22:61), el buen ladrón se arrepiente (23: 39-43), las multitudes se dan golpes de pecho al abandonar el Calvario (23:48); todos pueden orar como el publicano de la parábola (18: 10-14).

3.3.- Exhortación a la vida cristiana

La expresión “«hoy, ahora se ha cumplido…”, empleada con cierta frecuencia en el Evangelio de San Lucas, nos indica que todo el anuncio evangélico es presentado como cumplimiento del tiempo mesiánico. Si el cristiano debe imitar a su Maestro, la primera enseñanza es la de la cruz. El cristiano tiene que cargar cada día con su cruz y vivir la virtud de la paciencia (Cfr. Lc 9:23; 12:52).

De igual modo ha de practicar la pobreza para responder a la llamada del Señor y alcanzar la bienaventuranza y la vida eterna. Para seguir a Jesucristo es preciso desprenderse de todo. De nada sirven las riquezas en sí mismas cuando se las convierte en fin (Cfr Lc 4:18). Es necesario vivir la abnegación y la renuncia como los primeros discípulos que, después de la pesca milagrosa en el lago de Genesaret, “dejadas todas las cosas, le siguieron”; o como el publicano Leví (Mateo), que al oír la llamada del Maestro, “dejadas todas las cosas, se levantó y le siguió”(Lc 5: 11.28).

Finalmente, se pueden señalar como acentuaciones del tercer evangelio la necesidad de la oración perseverante, y de la alegría interior en toda circunstancia. También en esto las palabras y las acciones de Jesús son normas para la vida del cristiano.

Respecto de la oración, en efecto, hay varios textos exclusivos del Evangelio de San Lucas en los que se menciona la oración de Cristo que, además, se hace explícita en momentos muy solemnes: en el Bautismo, antes de la elección de los Apóstoles, en la Transfiguración, en Getsemaní y en la cruz.

Los cuatro evangelios, que recogen el anuncio de la salvación y que son precisamente buena nueva, están impregnados, por eso, del gozo de la redención obrada por Cristo. Esta nota de alegría se puede apreciar más fácilmente en el Evangelio de San Lucas. Así, por ejemplo: un ángel del Señor anuncia a Zacarías que tendrá un hijo “y muchos se alegrarán con su nacimiento”; el arcángel Gabriel, en la anunciación a María, comienza con el saludo “Dios te salve”, que en griego literalmente significa alégrate; y a los discípulos, a los que anuncia las persecuciones que han de sufrir por amor del Hijo del Hombre, el Maestro los anima: “Alegraos en aquel día y regocijaos”. El nacimiento del Bautista será alegría y gozo para Zacarías; el ángel anuncia a los pastores una gran alegría; y en el Cielo hay alegría por un pecador convertido; Isabel proclama que su hijo ha saltado de gozo en su seno; finalmente, el evangelio, después de narrar la Ascensión del Señor, termina con estas palabras: “Y ellos le adoraron y regresaron a Jerusalén con gran alegría. Y estaban continuamente en el Templo bendiciendo a Dios”(Lc 24:52).

3.4.- Santa María Virgen

El tercer evangelio —especialmente, los dos primeros capítulos— nos presenta a la Madre de Cristo con una luz peculiar, desvelando con exquisita delicadeza rasgos de la grandeza y hermosura del alma de Santa María. Nadie de la historia evangélica —fuera naturalmente de Jesús— es descrito con tanto amor y admiración como Santa María.

Ninguna criatura humana ha recibido gracias tan altas y singulares como la Virgen: María es la “llena de gracia”; el Señor está con ella; ha hallado gracia ante Dios; concibió por obra y gracia del Espíritu Santo, siendo Madre de Jesús, sin dejar de ser Virgen; íntimamente unida al misterio redentor de la Cruz, será bendecida por todas las generaciones, pues el Todopoderoso hizo en Ella grandes cosas.

A tan altos dones divinos Nuestra Señora correspondió con la más generosa fidelidad: Santa Isabel la llama bienaventurada porque ha creído; la Virgen recibe con humildad el anuncio del Arcángel acerca de su dignidad de Madre de Dios; pregunta con sencillez cómo comportarse para agradar en todo a Dios; se entrega rendidamente a los planes divinos; sabe agradecer gozosamente los dones recibidos; observa con fidelidad las leyes de Dios y las costumbres piadosas de su pueblo. Se apena por la pérdida del Niño y se queja a Él, pero acepta serenamente lo que en aquel momento no alcanza a entender. Santa María supo tener esa admiración contemplativa ante los misterios divinos, que conservó y meditó en su corazón.

Como ha proclamado continuamente la tradición cristiana, María es Madre y Modelo de la Iglesia.

[1] San Ireneo, Adversus haereses 3,1,1.

[2] Las primeras líneas del Fragmento Muratoriano recogen las ideas más comunes a todos los escritos de la antigüedad a propósito de este evangelio: «El tercer libro del Evangelio es según Lucas. Este Lucas, médico, después de la ascensión de Cristo, fue tomado por Pablo (…) Escribió según lo que había oído, ya que él tampoco conoció al Señor en carne mortal, y así, habiendo indagado lo que estuvo a su alcance, comienza a tratar desde el nacimiento de Juan».

[3] Prologi Monarchianorum.

[4] San Jerónimo, Epistolae 20,4.

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