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16th of October 2018

Moralidad



El Demonio es de izquierdas

Hoy en día se usan constantemente los términos “izquierda” y “derecha” para identificar a los dos bandos opuestos de la lucha política. Esto es problemático por varias razones. Primero, porque casi nadie sabe realmente lo que significa. Para algunos se trata de la moralidad; para otras tiene más que ver con la economía; y para otros está sobre todo vinculado a un modelo de estado. La verdad es que tiene que ver con los tres aspectos, como explicaré más adelante. Segundo, porque los partidos que hoy se consideran de “derecha” no lo son en un sentido genuino. Son más bien conservadores; es decir, sólo buscan conservar el estatus quo, en lugar de cambiar las cosas para mejor. Esto es porque, al ser relativistas, sin un estándar moral absoluto, carecen de una visión trascendente. Y tercero, es confuso porque hay una agenda detrás de la izquierda que se suele ocultar. Nos presentan propuestas políticas que no son más que cebo para las masas. Los políticos de la izquierda no son sinceros, ni en sus motivaciones, ni en sus objetivos. Lo que realmente persiguen todos los partidos de izquierda es la Revolución, pero esto no lo dicen porque sería demasiado radical para las masas y perderían apoyo popular.

En España entiendo que entre el nacionalismo católico, el término “de derechas” causa bastante aversión, por la historia particular del país y porque se percibe como una imposición arbitraria del sistema liberal. A pesar de ello, al ser forastero, escribo desde una perspectiva algo distinta. Además, pienso que los conceptos “izquierda” y “derecha” pueden ser útiles en un sentido didáctico.

En otros artículos he hablado de la falsa dicotomía entre los partidos de derecha e izquierda, que en las democracias modernas no son más que envoltorios distintos para el mismo producto. ¿Significa esto que ya no existe la derecha? Claro que aún existe, pero es muy difícil que tenga representación política, porque los poderes mundiales hacen todo lo posible para fagocitar cualquier organización auténticamente de derechas. Siempre colocan a los suyos como falsa oposición; neutralizan la oposición real con una oposición controlada. En realidad, la derecha sólo sobrevive en pequeñas células de la sociedad, esparcidas entre los países, sin organización central. La derecha sobrevive en cada alma que se opone a los planes de Satanás de imponer su Nuevo Orden Mundial, en cada alma que lucha contra la Revolución. ¿Qué es esencialmente la Revolución? La destrucción del orden social cristiano.

En Argentina hemos visto recientemente como la Revolución ha perdido una batalla, cuando el Senado de dicho país rechazó la legalización del aborto. La izquierda y la falsa derecha, todos los principales medios de comunicación y el Sistema entero estaban a favor de legalizar el aborto. Ni siquiera la jerarquía de la Iglesia Católica, que debería ser el faro que guía al pueblo por el camino del bien, parecía demasiado interesada en pararlo. Muchos obispos se callaron, por no querer “meterse en política”. Sin embargo, el bien prevaleció. Fue gracias a las oraciones de millones de fieles sencillos y a la movilización de ciudadanos anónimos. Ellos, en esta situación, representaron “la derecha”; una derecha huérfana, sin liderazgo, sin grandes medios económicos, y sin el apoyo de los medios de comunicación.

Para saber qué significa en verdad ser de derechas pienso que hay que conocer el origen de la idea. Muchos piensan que los términos derecha e izquierda remontan a los tiempos de la Revolución Francesa, cuando en la Asamblea Nacional, los que defendían el Ancien Régime se sentaban a la derecha de la tribuna y los partidarios de la República se sentaban a la izquierda. Es cierto que fue a partir de aquella época que se empezó a usar estos términos en política. Y es cierto que los dos pilares que sostenían el antiguo régimen, la monarquía y la Iglesia, están estrechamente ligadas al concepto de la derecha. No obstante, la idea de derecha e izquierda, como dos formas opuestas de entender la vida, es muchísimo más antigua, y no basta ser monárquico y católico para ser de derechas. Yo diría que la idea es tan antigua como la Humanidad misma.

Un pasaje fundamental es cuando Nuestro Señor habla sobre la derecha y la izquierda, en referencia al Juicio Final:

Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. (Mateo 25:31-33)

Para nuestra disquisición este pasaje evangélico es sumamente interesante, porque los que están destinados para la salvación son los que están a la derecha del Señor y los que van a la condenación eterna son los de la izquierda. Uno podría objetar, diciendo que Nuestro Señor no hablaba de política, y que cualquier comparación entre este pasaje y nuestra situación política actual es mera coincidencia. Yo creo que no. Las Sagradas Escrituras, como ningún otro libro, tienen la virtud de ser relevantes en tiempos y circunstancias muy distintas. La sabiduría popular siempre se ha referido a la izquierda (lo siniestro) como algo malvado y peligroso. Es llamativo también que en los idiomas europeos, la raíz de derecha (la mano derecha) y derecho (sinónimo de recto) es la misma. Si la derecha se asocia con la rectitud, la izquierda es lo torcido. En la cultura popular, la derecha representa la honradez y la responsabilidad moral, mientras que la izquierda representa la mentira y la ilegitimidad.

En este sentido, ser de derechas significa adherirse tenazmente a un código moral, en lugar de optar siempre por el camino fácil del egoísmo. Las victorias de la izquierda, o la Revolución, que hemos dicho es la misma cosa, siempre son mediante las mismas tentaciones; apelando a los pecados capitales, se promete al pueblo una vida mejor. Por poner algunos ejemplos, el triunfo de la revolución de Lutero en el siglo XVI tuvo muy poco que ver con la teología, y mucho más con el pecado de la avaricia de los monarcas y aristócratas, que se hicieron con las cuantiosas tierras y propiedades de la Iglesia. La Revolución Francesa fue gestado por filósofos ateos, pero triunfó entre la plebe gracias al pecado de la ira, un resentimiento y un odio diabólicos, centrados en la persona de Louis XVI. Las distintas revoluciones comunistas durante el siglo XX se lograron gracias al pecado de la envidia. Ningún dirigente comunista lo reconoce, pero en el fondo eso es lo que les mueve; saber que “los ricos” tienen más que ellos. La prueba es que, nada más subir al poder, lo primero que hacen es convertirse en nuevos ricos. La revolución sexual de los años sesenta del pasado siglo evidentemente se consiguió a través del pecado de la lujuría.

Todavía, sabiendo qué hay detrás de la izquierda, es fácil identificar las tentaciones que usan los políticos. Como la serpiente en el Jardín de Edén, dicen al hombre que él “tiene derecho” a esto y a lo otro; levantan la voz para reclamar un reparto equitativo de las riquezas, para exigir justicia para los pobres. La historia se repite. Las masas caen en las tentaciones y luego, cuando descubren que la dictadura del proletariado sólo ha traído muerte y desgracia; cuando descubren que la izquierda no ha hecho más ricos a los pobres, sino que ha empobrecido a todo el mundo; entonces, es demasiado tarde, porque cuando la serpiente llega al Poder, no lo suelta jamás. Los políticos conservadores sólo se lamentan de la “radicalidad” de la izquierda, sin entrar en cuestiones de fondo. Todas sus advertencias suenan a inmobilismo; se oponen al cambio, porque el cambio les asusta, o porque están a gusto con las cosas tal y como están ahora. Son incapaces de desmontar los argumentos y descubrir las mentiras de la izquierda, porque, a diferencia de la izquierda, carecen de una visión política a largo plazo. En realidad esta falsa derecha no se opone a los planes de la izquierda; como mucho consigue frenarlos, y cuando llega al poder después de un gobierno de izquierda, consolida todos los “progresos” de la Revolución.

El segundo aspecto interesante del pasaje evangélico de san Mateo es que Nuestro Señor identifica a los de la derecha con ovejas y los de la izquierda con cabritos. Las ovejas y las cabras tienen caracteres muy diferentes; los primeros son dóciles a las órdenes del pastor, mientras que los segundos son por naturaleza rebeldes. Pienso que lo que quiere decir Nuestro Señor con esta metáfora es que la actitud esencial para salvarse es la docilidad a la voz de Dios. La voz de Dios para los infieles, para los que nunca han escuchado el Evangelio, es su conciencia. Para los que sí hemos oído el Evangelio, además de nuestra conciencia, está la Palabra de Dios y la enseñanza de Su Iglesia. El que es dócil a esa voz, y procura hacer la voluntad de Dios, se salvará; el que se rebela contra esa voz y se empeña en hacer su propia voluntad, se condenará.

En la iconografía cristiana, si Jesucristo, el Hijo obediente, se ha representado como el Cordero de Dios, el Demonio, el eterno rebelde, se ha representado como una cabra. El satanismo moderno no se avergüenza de esta simbología; la representación de Satanás como el Gran Cabrón aparece constantemente en sus imágenes, en la industria de la música especialmente. Los aficionados del heavy metal, un estilo 100% satánico, popularizaron el gesto de los cuernos con la mano, en referencia al Diablo, que ahora se ha normalizado tanto que cualquier famoso lo hace, sin que nadie se altere. Es un indicio de la creciente influencia del Demonio sobre el mundo moderno, en que la mayoría elige ir por la vía de la izquierda y vivir como cabras, en lugar de ir por la vía derecha y ser ovejas.

Ahora que hemos visto los orígenes de la derecha y la izquierda, hay que responder a la pregunta: ¿en qué consiste ser verdaderamente de derechas? Si logramos entender exactamente lo que es la Revolución, promovida por la izquierda, sabremos lo que tiene que ser la derecha: todo lo opuesto. Una de las mejores obras sobre la Revolución es la de Monseñor Gaume, un obispo francés que escribió sobre la conspiración masónica en relación a la Revolución Francesa. La Revolución la define Monseñor Gaume así:

Yo no soy lo que se cree. Muchos hablan de mí y muy pocos me conocen. No soy ni el carbonarismo, ni la rebelión, ni el cambio de la monarquía en república, ni la sustitución de una dinastía por otra, ni la perturbación momentánea del orden público. No soy ni los gritos de los jacobinos, ni los furores de la Montaña, ni el combate de las barricadas, ni el pillaje, ni el incendio, ni la ley agraria, ni la guillotina. No soy ni Marat, ni Robespierre, ni Babeuf, ni Mazzini, ni Kossuth. Esos hombres son mis hijos, pero no son yo. Lo que hicieron son mis obras, pero no yo. Esos hombres y esas cosas son hechos pasajeros en tanto que yo soy un estado permanente… Soy el odio a todo orden que no haya sido establecido por el hombre y donde el hombre no sea rey y dios a la vez.

La clave es esto: subvertir todo orden que el hombre no haya establecido. Los que reniegan del orden dispuesto por Dios podemos decir en cierto sentido que son apóstatas, porque deliberadamente rechazan los dones que han recibido de su Creador. Lo que Dios ha dispuesto en nuestras vidas incluye:

Nuestra raza.  En Occidente hay una guerra contra la raza blanca, y muchos europeos autóctonos han asumido un sentimiento de culpabilidad por el mero hecho de ser blancos. El odio hacía la raza blanca ha llegado a tal extremo que llevar una camiseta que dice “It´s OK to be white” (“está bien ser blanco”) es considerado un acto de provocación racista. Ser de derecha necesariamente implica sentirse orgulloso de la raza que tu Creador te ha dado, sea la que sea. Sólo los miserables izquierdistas piden perdón por ser blancos. Nuestro sexo. La ingeniería social contra la noción biológica de los sexos es hoy otro caballo de batalla de la Revolución de la izquierda. La ideología de género pretende convencernos de que ser hombre o mujer es un invento cultural, y que no hay diferencias esenciales entre los sexos. Por tanto, según su delirante teoría, un hombre puede decidir convertirse en mujer, y vice-versa. Este ataque contra la misma biología humana es la última estratagema de Satanás para atacar la Creación de Dios. Los que somos de derechas debemos rechazar con todas nuestras fuerzas esta perversa ideología. Los que somos hombres debemos cultivar la masculinidad, y las mujeres deben ser femeninas. Sin ambigüedad, sin mariconeo. Nuestra familia. La izquierda pretende erosionar los vínculos familiares, en parte porque de esta forma su plan de adoctrinamiento funciona mejor (es más fácil manipular a individuos desconexos que a grupos con fuertes lazos entre sí), en parte porque odia todo lo que viene de Dios. La familia sin duda es sagrada, hasta el punto que el Hijo de Dios quiso encarnarse en una familia. La izquierda odia la institución familiar, especialmente el matrimonio, porque viene de Dios. Mediante la legalización del adulterio, el concubinato y el divorcio, la izquierda debilita el matrimonio, y mediante la propaganda de los medios de comunicación, la promoción de los métodos anticonceptivos y la permisividad frente a la pornografía, trivializa las relaciones sexuales. La derecha debe plantar cara a esta marea de inmundicia, y defender la sacralidad del matrimonio a toda costa. Nuestra patria. La izquierda aboga por un mundo sin fronteras, una utopía multicultural. Este movimiento globalista se fundamenta en el odio hacía la noción misma de patria. Igual que nadie elige su raza, ni su sexo, ni su familia, nadie elige su patria. Es algo que nos viene dado, que Dios ha dispuesto. Con la patria viene una historia y un patrimonio cultural. Los izquierdistas odian las tradiciones, porque ayudan a identificar a las personas con un pueblo concreto. Ellos quisieran que fuéramos intercambiables, sin raíces, como los restaurantes de McDonalds, que son exactamente iguales en cualquier parte del mundo. De esta manera se alcanzaría uno de los grandes objetivos de la masonería desde sus inicios: la abolición de las naciones y la instauración de un gobierno mundial. Naturalmente, la derecha debe oponerse a los globalistas y defender su Patria. Tiene que exigir a su gobierno el control de sus fronteras, sobre todo si está siendo invadida por miles de inmigrantes cada mes, como está ocurriendo actualmente en Europa. La gente de derechas debe celebrar su herencia cultural y rechazar la nefasta influencia del multiculturalismo.

En cuanto a otros aspectos, como el economía o el modelo de estado, la izquierda como siempre prefiere lo que mejor le sirva para hacer avanzar la Revolución. En materia económica esto se resume con una frase: cuantos más impuestos, mejor. La izquierda no cree en el derecho a la propiedad privada, con lo cual se siente justificada cuando confisca más de la mitad de los ingresos anuales de un trabajador. Cuando un gobierno, con la idea de “repartir mejor la riqueza”, quita dinero de un grupo de personas para dársela a otro, se llama simplemente ROBO, y es una grave inmoralidad, a la que las personas de derechas debemos oponernos. No estoy animando a que la gente deje de pagar sus impuestos, porque esa vía lleva directamente a la cárcel. El ciudadano contra el Estado siempre tiene todas las de perder. Estoy afirmando que un gobierno no tiene derecho a quitarle el dinero de nadie para dárselo a otro.

“No robes, el gobierno odia tener competencia”

La política económica de la izquierda nos lleva al modelo de estado que suele implantar: una macro burocracia con millones de funcionarios, que maneja un porcentaje elevado del producto interior bruto. Es decir, exactamente lo que existe ahora en España, gobierne la izquierda o la falsa derecha. Tradicionalmente los impuestos han servido para la defensa militar de la nación, para la justicia, que incluye seguridad y orden pública, y para infraestructuras. Todo lo demás sobra. Los programas gubernamentales de servicios sociales, educación, sanidad, cultura y propaganda, requiere ingentes cantidades de dinero, que consiguen esquilmando a las clases medias (ya se sabe, ni los ricos ni los pobres pagan impuestos). En realidad, tanto gasto público tiene como objetivo inflar el tamaño del estado. Todos los izquierdistas quieren gigantescos aparatos estatales, porque así es más fácil controlar a los ciudadanos. Lo mismo ocurre con la prohibición de llevar armas, una causa preferida de la izquierda; quieren que la ciudadanía esté desarmada, porque así está indefensa frente a los abusos de poder del gobierno. Todo se reduce a esto; la izquierda siempre busca controlar a la población, con el fin de implantar el totalitarismo, donde cada aspecto de la vida diaria es regido por el gobierno.

La derecha debe abogar siempre por un estado pequeño, con poderes limitados. Debe potenciar la iniciativa privada, especialmente en pequeñas empresas. Los ciudadanos deben saber que el Estado no está para cuidar a niños o abuelitos, ni para ocuparse de los parados; eso debe ser cosa de las familias y en casos excepcionales tendrán que encargarse obras benéficas. La derecha, a diferencia de la izquierda, tiene que exigir a los ciudadanos responsabilidad individual, basándose en el principio de la subsidiariedad, tal y como enseña Pío XI en su encíclica Quadragesimo anno. La izquierda, con tantos programas de ayuda gratis, deliberadamente crea adictos a la ayuda del Estado (que pagamos todos), con la intención de tener votos cautivos. Comprar votos con el dinero ajeno es una característica constante del sistema democrático, y no hay izquierdista que no sea experto en esta táctica. En contraste, la derecha debe fomentar la autonomía personal y pedir que el Estado sólo se ocupe de lo estrictamente necesario.

Podría acabar antes resumiendo todo en una frase: para ser de derechas hay que ser contrarrevolucionario. Esta palabra, acuñada por el gran intelectual católico, Plinio Correa de Oliveira, va al meollo del asunto. Si la izquierda lucha sin tregua por hacer avanzar la Revolución, es decir, la destrucción del orden social cristiano, nosotros, los de derechas, tenemos que lucha EN CONTRA de dicha Revolución. No hace falta inventar nada nuevo. Es tan fácil como volver la vista atrás a una época en que la sociedad se regía por las leyes emanadas del Evangelio, una sociedad plenamente cristiana. ¿Cuándo ha existido tal cosa? Según el Papa León XIII, la Cristiandad europea de los siglos XIII y XIV fue exactamente esto.

Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. (Immortale Dei)

La hoja de ruta a seguir para los contrarrevolucionarios, para todos los que se consideran de derechas, la marcó hace más de un siglo el gran Papa San Pío X: Instaurare omnia in Christo (“Restaurar todo en Cristo”).

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